Corralera, El gaucho
(Milonga)

Yo soy el gaucho que canta 

cuando un pesar lo acongoja,

soy árbol que se deshoja

de dolor bajo la llanta; 

solo en la vida me encanta

el vivir con libertad, 

para eso la inmensidad 

del desierto se ha extendido,

yo necesito ese nido, 

soy ave de tempestad. 


Soy el que cruza sombrío 

como racha del pampero,

en su dócil parejero 

es la patria el campo mío; 

soy el torrentoso río 

en las llanuras formado, 

cuyo cauce desbordado 

del infortunio el rigor,

busca el mar de un dulce amor

para vivir resignado. 


Soy el que calma su pena 

peleando contra su suerte, 

el que soporta la muerte 

siempre con cara serena; 

el que en la desgracia ajena 

tiende primero la mano,

el que lleva soberano

como tesoro escondido,

dentro del pecho encendido 

el corazón más humano. 


Soy aquel que cuando dora

la brillazón del Oriente, 

hasta en su pálida frente

lleva el beso de la aurora;

el que en su pecho atesora

la fuente de una ilusión, 

el que juntito al fogón 

la guitarra hace llorar, 

el que si llega a cantar 

despedaza el corazón.   


Soy el que en noche sombría 

cruza los campos cantando, 

canciones que van dejando

no sé qué melancolía; 

ave que lleva por guía 

como una estrella fulgente, 

la miradita sonriente 

de la criolla que lo adora,

cuya luz en una aurora 

que va estampada en mi frente.   


Soy el que en los negros ojos 

guarda gotas de rocío,

perlas que ha dejado el río 

del dolor en sus despojos,

yo soy el que pisa abrojos

de la senda con orgullo, 

soy el que sueña al arrullo

del pampero rugidor, 

que me ha educado cantor 

con su incesante murmullo.


Yo soy el gaucho que adora

la soledad del desierto, 

de las brisas al concierto 

y su rancho de totora;

el que vive entre la aurora 

del amor y el sufrimiento, 

soy el que respira al viento 

sahumado de margaritas, 

el que canta vidalitas 

más sentidas que un lamento.


Soy el que si en la llanura 

la oscuridad lo sorprende,

junta cardos que él enciende 

para asar alguna achura, 

el que sin gran amargura

tiende el recado en el suelo, 

y entretanto sin recelo 

se va quedando dormido,

el viento canta en su oído 

y tiene por techo el cielo.

Comentarios del Archivero

Recopilado por Jesús Pereyra en Capilla del Señor, año 1945