Es digno de estimación
de parte de los puebleros,
el incansable resero
que nos trae la mantención;
que por ninguna razón
abandona su tarea,
que haiga sol, que truene o llueva
no deja sus animales,
y derecho a los corrales
renegando los arrea.
Si el que sale a trabajar
es joven y tiene hermanos,
por la mañana temprano
ya le empiezan a encargar;
si es varón un chiripá,
un tirador o un sombrero,
si es mujer un costurero
le encarga para la vuelta,
y él por dejarla contenta
le promete el mundo entero.
Si él es un hombre casado
y se encuentra con familia,
antes de ver la tropilla
desempeña otros cuidados;
ahí de sus hijos rodeados
que le hacen mil pedidos,
se le abraza enternecido
a su querida mujer,
y le promete al volver
unos aros y un vestido.
Así llega a los rodeos
contento y muy divertido,
con otro de su partido
que van también de reseros;
allí los rayos de fuego
de los soles del verano,
no acobardan al paisano
si la fatiga lo arrea,
y anda la jornada entera
apartando en su caballo.
Después de haber apartado
la cantidad que desea,
para la ciudad rumbea
despacito y con cuidado;
siempre arriando su ganado
para no perder la tropa,
toda precaución es poca
una noche de aguacero,
y al otro día el resero
amanece hecho una sopa.
Aquel que considerase
los trabajos de un resero,
debió de ser muy grosero
pa que no los apreciase;
no hay tormento que no pase
en su penosa jornada,
su vida está amenazada
como la de los toreros,
y la plata del resero
es plata muy bien ganada.
En el aparte de hacienda
el día del sol ardiente,
ni lo conoce la gente
entre la gran polvadera;
medio ahogado por la tierra
viene ciego y jadeante,
confundidos, resonantes,
sus silbidos y boceadas,
echándose por delante
los novillos a pechadas.
Es la gala del resero
cuando dispara un novillo,
el arrimarle su pingo
y enderezarlo al señuelo;
es también todo su anhelo
demostrar su gran destreza,
enlazando con presteza
a un toro por las dos aspas,
o a una vaca si se escapa
al campo con ligereza.
Si el capataz no es mezquino
y a la vez no es andariego,
una ternera con cuero
manda hacer por el camino,
y con un vaso de vino
se convida a la peonada,
y si la hacienda está echada
a la gente se la invita,
a tomar en una esquina
que no esté muy retirada.
Al fin llegan a corrales
como es claro y es muy justo,
y finalmente con gusto
entrega sus animales;
allí recibe sus reales
legalmente y al contado,
después se va pal poblado
a buscar lo que quería,
y contento al otro día
se vuelve para su pago.
Y es de notar que el resero
no lleva afuera su plata,
porque en el pueblo la gasta
y se vuelve sin dinero;
pero ha comprado un sombrero,
botas y otras pilchas nuevas;
si tiene mujer le lleva
un anillo o guardapelo
y con especial anhelo
un pañuelito de seda.
Recopilado
por Jesús Pereyra en su Cancionero de Capilla del Señor, año 1.945. Adolfo
Güiraldes la consideraba “corralera madre” o “la” corralera. Esta milonga solía
ser cantada por don Daniel Videla Dorna (h)