La taza que se volcó
(Relación de Sala)
Sabrán ustedes señores 
que anduve por el poblao,
y desde que había llegado 
ni miras tenía de irme; 
era un puro divertirme 
entre la gente pueblera,
y hasta una lotería entera 
en la capital saqué, 
que aparcero que me ve
ni me conoce siquiera. 

Yo andaba de chiripá 
pues venía en una tropa,
y no fue mi suerte poca 
de hallarme con un cantor;
¡Lindo el mozo! Payador
y cuando a un baile salía, 
de una tal Juana María 
blanca, rubia y muy hermosa,
muy parecida a la rosa 
que en otros tiempos tenía.   

Cuando yo al baile dentré 
empezaron a mirarse,
más luego de secretearse
me miraban a mí;
yo al momento colegí 
que era por mi chiripá, 
porque allá por la ciudá
naides anda de paisano,
después de darles la mano
me senté con gravedad.  

Tocaban una habanera
un tal don Pedro Machado,
con tanto esmero y cuidao 
y con tanto retintín, 
que parecía un violín 
del modo que la tocaba, 
un repente la alargaba
¡y hay mozo si era baqueano,
si tocaba el acordeón 
tan sólo con una mano!   

Hubiera visto mi apuro
de verme en el entrevero,
iba a sacar a bailar
y todas con compañero; 
por fin al medio e una pieza 
tendí a una moza la mano, 
y al verme a mí de paisano 
no le gustó la partida,
y me contestó enojada 
que estaba comprometida.   

Yo me hice el zorro flaco
y le seguí la chacota, 
y andaba como pelota
bailando con una vieja;
ella me ponía la quejas
de que naides la sacaba, 
que los mozos se fijaban
en las que iban bien vestidas, 
y que bailara con ella 
que no era comprometida.  

Yo me le prendí a la vieja 
como carretilla al cuero, 
y ella entre tanto pueblero 
casi cáido a filo e banco;
viene la dueña del santo 
a pedirme que cantase, 
y yo para hacer las paces 
con los que en el baile había, 
les canté un largo argumento
de lo mejor que sabía.   

Cuando yo hube cantado
nos dieron un chocolate,
……. 
y unos pancitos cortados;
ahí fue que me vi apurado
porque estaba muy caliente, 
y a la flauta un de repente 
la taza se me volcó; 
el chiripá me manchó 
y a una moza en una pierna,
 y a una criatura tierna 
que también la salpicó. 

Yo pegué un corcovo fiero 
al sentirlo en la rodilla,
trompiezo con una silla,
le pise a una vieja un callo, 
hubo gritos y desmayos,
la música se paró; 
toda la gente se rió 
al ver la desgracia mía,
y al fin la culpa tenía
 la taza que se volcó.
Comentarios del Archivero
Recopilación de Daniel Videla Dorna (h)