Mi ardiente imaginación
mira en ti un ángel del cielo,
bajado a traer el consuelo
que falta a mi corazón;
mi más risueña ilusión
ha sido, hermoso lucero,
demostrarte el verdadero
amor que mi pecho siente,
y que a tu lado o ausente
vida mía más te quiero.
En ti rubita querida
todo mi encanto se encierra,
y sos lo único en la tierra
que me hace desear la vida;
mi corazón no te olvida,
por más que no puedo verte,
y este anhelo de quererte
que alimenta mi existencia,
tan sólo con su inclemencia
podrá interrumpir la muerte.
Aún cuando lejos de ti
me detiene el hado impío,
sé que quieres bien mío
y que has de pensar en mí.
Ojalá que siempre así
guarde tu pecho inocente,
este amor en que presente
de esa dicha el alma mía,
y sin la cual viviría
desgraciado eternamente.
Aunque de ti separado
por mil causas que lamento,
mi amoroso pensamiento
no se aparta de tu lado;
tu nombre siempre adorado
constituye mi ventura,
y en sus horas de amargura
se alegra mi corazón,
recordando con pasión
tu cariño y hermosura.
Recopilado por Jesús
Pereyra en Capilla del Señor, año 1945.