Yo tengo un poncho estimado
que conservo con cariño,
porque casi desde niño
mis noches ha cobijado;
tiene el secreto guardado
de las cosas que ha vivido,
y si hallándome sentido
lo extiendo o lo abro en la mano,
parece mostrarme el plano
de lo que hemos recorrido.
Él ha contado mis horas
de trabajo y diversión,
él fue conmigo al fogón
y a salas deslumbradoras;
él le copió a las totoras
el color de su tejido,
en donde tiene escondido
el palpitar de campero,
y azotes que del pampero
mil veces ha recibido.
Ese poncho compañero
que siempre tengo presente,
fue chiripá en caso urgente
y manta de parejero;
terrible en un entrevero
y útil en cualquier lugar,
me sirvió para arrollar
una hacienda en disparada,
y en los pastos lo hice almohada
cuando he querido sestear.
Y cada nudo observando
de su fleco bien tejido,
parece que fuera un nido
de recuerdos incubando;
recuerdos que están hablando
porque son muy decidores,
recuerdos que ya son flores
o esperanzas deshojadas,
que en la vida hay madrugadas
oscuras y sin albores.
Ha sido en época inquieta
de exigencia y de rigor,
abrigo de lo mejor
colcha de cama y carpeta;
y aunque el tiempo no respeta
lo querido y lo sagrado,
los recuerdos no ha borrado
del poncho que quiero tanto,
y vaya hasta él mi canto
para sellar su pasado.
Recopilación de Daniel, Celina y María Inés Videla
Dorna, año 1988.